Vía crucis en Daroca

Os cuento:

El sábado día de trece de febrero, la cofradía “Real, Pontificia, Antiquísima, Ilustre, Franciscana y Penitencial Hermandad y Cofradía del Señor Atado a la Columna y de Ntra. Sra. de la Fraternidad en el Mayor Dolor” celebró el Vía Crucis en el Centro Penitenciario de Daroca.

Treinta cofrades con sus tambores y bombos acompañaban a una Dolorosa vestida con tonos rojos. Encabezaban la procesión una cruz de madera, llevada por un interno, y el capellán. Después, en filas paralelas, poco más de treinta “privados de libertad” (así se llama a los presos ahora) y yo, cada uno con nuestra lámpara. Luego, la peana de la imagen (también llevada por internos que se turnaban) y, finalmente los cofrades (mujeres y hombres) de blanco y sin nada en la cabeza.

Si en una calle estrecha el sonido de los tambores es atronador, en los pasillos de la cárcel te pone carne de gallina. Enseguida me di cuenta de que iba en una fila de presos como uno más. Eso me hizo sentirme una persona igual que ellos, más hermano y más humano; las diferencias tienen poca importancia. Precisamente a mí me tocó ser yo. Si me hubiera tocado ser el que iba a mi lado, con su educación, su carácter, sus circunstancias, etc… estaría preso.

Para pasar por las puertas, ponían la Dolorosa a nivel del suelo.

Hay que tocar tierra: Dios no está en las nubes.

El texto que los internos leían en cada estación estaba muy bien hecho. Simulaba que era un preso quien reflexionaba sobre Cristo preso y condenado. Me fue fácil sentir que Dios estaba en cada uno de los que me precedían y me seguían. Generalmente sus caras tienen un trasfondo de tristeza. Me quedan quince años, me dice uno.

¡Qué duro!

¿En que piensan cuando se les ve absortos en sí mismos?

¿Dónde aprendieron los cantos u oraciones que musitan?

Al salir la procesión al patio del Módulo de Respeto, se me apagó la lámpara. Allí había algunos reclusos mirándonos. Rara vez sucede algo que rompa la monotonía del horario de una cárcel. Solo dos de ellos, que jugaban al ajedrez, no prestaron ninguna atención. Al regresar al salón de actos, como mi lámpara era muy difícil de encender, un interno que me conoce de vernos en otras ocasiones, me dio la suya.

Se supone que una lámpara simboliza lo que te ayuda a caminar por la vida, o sea, que los presos me enseñan sin pretenderlo cómo y hacia dónde debo caminar.

El Hermano Mayor de la Cofradía dio las gracias a los internos por ayudarnos a ser más cristianos.

Leer esto no es lo mismo que sentirlo y vivirlo.

En el Año de la Misericordia ¿quién se acuerda de los presos?

¿Qué pasa con ellos cuando salen? No cobran “el paro” (subsidio de excarceración- la libertad) hasta unos dos meses después, a pesar de que se sabía con muchos años de anticipación en qué fecha tendrían la libertad. Sin dinero ni familia ni amigos ¿con qué vivir, dónde vivir, cómo hacer las múltiples gestiones del papeleo… parece que no hay más salida que “robar”. Los detienen y vuelta a empezar otra vez. Así todavía es más difícil la reinserción. Cuando escucho lo de que “viven como en un hotel”, me muerdo los labios.

Perdonad mi desahogo y cuidad mucho vuestra sensibilidad humana.

Dios se hizo hombre. Y, si puedes, acércate alguna vez a visitar a quienes no tienen más horizonte diario que el cielo que se ve desde el patio de una cárcel

Un abrazo cargado de energía y esperanza.

Tu ilusión, puesta en marcha, es la esperanza de otros

PASTORAL PENITENCIARIA (Diócesis de Zaragoza)